Una sonrisa, muchas lágrimas

Por: Piedad Patricia Restrepo, vocera Todos por Medellín. 

El 2 de noviembre de 2019, el periodista Yamid Amat entrevistó al recién electo alcalde de Medellín, Daniel Quintero. En la entrevista que versó sobre el pasado del joven alcalde, se puso de manifiesto su origen humilde. En algún punto de esta, surgió la historia de los impactos sobre la familia, y el propio Daniel, de la muerte de su madre.

En ese momento, Quintero expresó: “El hambre es una cosa muy difícil. Por eso cuando a mí me dicen que hay niños menores de cinco años con desnutrición crónica, que no están comiendo bien, eso es…” en ese momento la cámara enfocó a Quintero y salían lágrimas de sus ojos, al tiempo que esbozaba una leve sonrisa. Así término la entrevista.

 

Este balance agridulce, entre una historia de superación personal y un pasado marcado por la pobreza y el hambre, plasmado en lágrimas y una leve sonrisa, resume bien el contraste de lo que ha sucedido con Buen Comienzo en la actual Alcaldía.

Si algo era destacable del Plan de Desarrollo “Medellín Futuro” era la apuesta por la primera infancia. Esta quedó plasmada en tres asuntos esenciales: la disminución de la desnutrición crónica en tres puntos porcentuales, el aumento de la cobertura en atención integral del Programa Buen Comienzo y el aumento de los recursos de inversión del programa, duplicando en el presupuesto los que corresponden usualmente a la inversión de la Alcaldía de Medellín, con unos $400.000 millones adicionales.

La línea de base con la cual arrancó la administración de Quintero mostraba que, en 2019, la prevalencia de este tipo de desnutrición era de 7,4% en Medellín, es decir, esa condición la tenían 8.489 niños y niñas menores de seis años. Por otro lado, uno de cada cuatro niños menores de seis años en Medellín estuvo en riesgo de desnutrición crónica, esto es 28.881.

Lea aquí (Lupa a los resultados de EPM en 2020)

La preocupación por la desnutrición crónica tiene que ver con que refleja un problema prolongado y persistente en las condiciones de desarrollo de los niños y niñas que bloquea, limita y achica su trayectoria de vida y con ello las potencialidades y oportunidades que podrán disfrutar en el futuro.

Actuar de forma oportuna, sobre todo durante los primeros mil días de vida, es crucial para tener mayor éxito en la erradicación de la desnutrición de este tipo. Lo anterior no se logra solamente con una nutrición adecuada para superar dicha condición, sino un enfoque de atención integral que incluye, además, afecto, cuidado, atención en salud y vínculo emocional.

Analizando los resultados del programa Buen Comienzo para el año 2020 y lo corrido de 2021 se evidencia una gran brecha entre lo dicho y lo hecho por la administración municipal y más que avanzar según las promesas, el programa ha retrocedido, pese a un cambio en su estructura administrativa, que supuestamente buscaba mejorar la prestación del servicio y cumplir con las metas del Plan de Desarrollo.

En 2020, la modalidad familiar, justo la que atiende a madres gestantes y niños lactantes hasta los dos años, evidenció múltiples fallas en la atención. Sin duda, la pandemia por el covid-19 plantea retos a todos los programas, incluyendo a Buen Comienzo, por la necesidad de llevar los servicios a los niños y niñas en plena crisis de salud pública. Paradójicamente, desde la Secretaría de Educación de Medellín y la dirección del programa cambiaron las reglas de juego y en vez de contar con la experiencia de las organizaciones aliadas que conocen los territorios y a las familias beneficiarias del programa, se optó por cambiar la modalidad de contratación y escoger a dedo a una corporación que por primera vez operaba el programa en Medellín.

Lo que nos muestra la interventoría del programa no es lo mejor. La modalidad familiar arrancó tarde. Ni en enero, ni en febrero, ni en marzo se dio atención efectiva a los niños. Y en abril arrancó tan sólo con el 32% del potencial de cupos asignados, esto fue 5.575 niños y niñas, de ahí fue subiendo hasta alcanzar un máximo de 85% en octubre.

Pero ahí no paran los problemas. El contrato con la Corporación Colombia Avanza incluía una atención complementaria para poco más de once mil Hogares Comunitarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. No obstante, dicha atención no se dio, de acuerdo con la interventoría, no se hicieron las mediciones antropométricas del caso como lo establecen los lineamientos del programa y tampoco se cargó la información al Sistema de Información de Buen Comienzo, esto, según lo evidencian los informes hechos por el Pascual Bravo, entidad encargada de hacer la verificación del cumplimiento de los contratos.

(Lea aquí Sobre el proceso de vacunación por demanda anunciado por Daniel Quintero)

El balance es que, en 2020, bajó la atención integral, tanto para niños y niñas como para madres gestantes en relación con 2019. En el caso de los niños y niñas bajó de 84.218 a 80.734, y en el caso de las madres gestantes y lactantes bajó de 12.954 a 7.945. Aunque en el consolidado, la administración muestra un aumento de la cobertura, esto es completamente atribuible a una reducción, hasta ahora inexplicable, de la población vulnerable en primera infancia. El dato llama poderosamente la atención, porque justo en plena pandemia y bajo crisis económica y social, dicha población pasó de 102.954 a 90.636, según las cifras entregadas por la Secretaría de Educación.

Por su parte, la modalidad institucional arrancó con cambios recién entrado el 2021. Es importante recordar que desde inicio de octubre de 2020 la dirección de la Unidad Administrativa Especial de Buen Comienzo quedó a cargo de Vivian Puerta, una abogada que venía de trabajar en Bogotá. La señora Puerta anunció en enero de 2021 cambios importantes en requisitos para la participación de los oferentes en la modalidad institucional, cambios que no habían sido explicados ni notificados con anterioridad a los más de 40 aliados, y que dejaban por fuera a más de 30 de ellos.

Este cambio fue reversado por la enorme presión social. A esto se sumaron cambios en las condiciones de la prestación del servicio, haciéndolas más precarias en términos de personal asignado por niño atendido y por la no flexibilización de la canasta. El balance hasta ahora muestra un retraso en el inicio de la prestación de la atención en relación con 2020, y un escalonamiento en el inicio de actividades. Esto es que no todas las organizaciones iniciaron al mismo tiempo, en gran parte, por los cambios en las condiciones contractuales de la Unidad Especial del programa. Así también la interventoría fue contratada posterior al inicio de algunos contratos, y fue asignada a una entidad diferente a la que venía haciendo el proceso y con poco conocimiento sobre los lineamientos a evaluar, dando como resultado una dilatación para los pagos a los oferentes, que los ha tenido a punto de no poder continuar prestando el servicio.

Especial atención merece un contrato nuevo con el Hospital Infantil Concejo de Medellín dentro de la estrategia un Buen Comienzo para la nutrición. Entendiendo que el abordaje de la desnutrición crónica debe ser integral, la pregunta que surge es cuál es la estrategia de la administración para la reducción efectiva de la desnutrición cuando en dicho contrato solo se plantea el monitoreo nutricional de los niños. No está claro que tipo de complemento alimenticio se les dará a los niños atendidos bajo ese contrato, adicional a lo que se ofrecen en las otras modalidades de atención.

Tampoco queda claro la relación costo/efectividad de la atención. Los estudios previos en dicho contrato plantean que se harán intervenciones de seguimientos virtuales lideradas por equipos auxiliares. No obstante, la pregunta central es si no será más costo efectivo invertir en acompañar a las familias en estrategias de cuidado, crianza y educación nutricional, las cuales han sido evidenciadas como las estrategias más efectivas para la erradicación de la desnutrición crónica.

A todas estas, lo que se evidencia con el contrato del Hospital Infantil es una fragmentación en la atención a la primera infancia, con un debilitamiento y, a la vez, un desgaste de las instituciones que tradicionalmente han prestado el servicio. Esto en tanto, aunque les quitaron la responsabilidad de hacer las mediciones antropométricas de los niños, ahora pretenden que presten los equipos para que lo realice el personal que, a su vez, contrata el Hospital Infantil. Cualquier parecido con una obra kafkiana no sería exagerado.

Por último, la atención en la modalidad familiar este año, aunque retomó la más amplia participación de oferentes, terminó con un retraso aún mayor en el inicio de la prestación del servicio, lo que va en contravía del propósito enunciado de reducir la desnutrición crónica en la primera infancia vulnerable.

Y justo esta semana que culmina nos enteramos de que Vivian Puerta pasó de ser la directora de Buen Comienzo a ser la directora de la Fundación EPM. La desconexión con los aliados estratégicos, el desconocimiento del programa, y malas decisiones administrativas dejan un balance de su gestión bastante precario. Los principales afectados con ello son los niños y niñas de nuestra ciudad.

De lo que hablamos aquí es del futuro de nuestros niños más vulnerables. La trayectoria de vida con sus potencialidades y el desarrollo de oportunidades reales para los niños de hoy depende crucialmente de la atención que reciban con calidad, oportunidad y continuidad, gracias a Buen Comienzo.

Finalmente, lo que en principio podría haberse pensado como una preocupación genuina por los niños y las niñas vulnerables de la ciudad, resultó más una preocupación por cambiar las reglas del juego a favor de intereses que no son los de la primera infancia en Medellín. ¿Qué intereses están detrás? Ojalá las autoridades pongan el foco allí, investiguen y le puedan responder a toda la ciudadanía, especialmente a los niños y niñas más vulnerables de Medellín.

 


Lo público es de todos, Todos Por Medellín.  

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